“Si mi pueblo premiara la inteligencia como premia el deporte, nuestra historia sería otra…”
Hace unas semanas atrás, el equipo de los “Mavericks” de Dallas ganó el campeonato de la NBA. En este equipo juega el puertorriqueño José Juan Barea (JJ Barea), quien tuvo un papel importante en esta final. Al ser parte del equipo ganador, y más que todo, al ser puertorriqueño, el pueblo (y gobierno) de Puerto Rico (y de su ciudad natal, Mayagüez) decidieron echar la casa por la ventana y recibirlo en su tierra con bombos y platillos, al estilo Tito Trinidad cuando ganaba una pelea o alguna Miss Universe.
Con esto dicho, se puede observar una tendencia a celebrar en grande cuando algún puertorriqueño gana en algún deporte o concurso de belleza. Esto sin mencionar el sinnúmero de mociones presentadas en el Senado y la Cámara de Representantes del Estado Libre Asociado de Puerto Rico para reconocer a Pepo, Pepito, Fafo y Fafita por jugar pelota aquí, echar la bola allá, pegarle a no sé quién o ganar el Miss Bombón en algún lado.
Sin embargo, muy poco se escucha de los campeones en áreas académicas que con mucho orgullo nos representan a nivel mundial. Son los campeones anónimos a los que nadie les hace caso. Precisamente el año pasado, George C. Arzeno, en representación del equipo de PR, ganó medalla de oro en las Olimpiadas Internacionales de Matemáticas (Oprima aquí para más detalles). Los líderes de este equipo son profesores de la Universidad de Puerto Rico-Recinto de Mayagüez y uno de ellos fue mi profesor de Cálculo. ¿Pero a que nadie se enteró? ¿Acaso alguien los mencionó como noticia de primera plana en su noticiero o periódico? Claro que no. Eso no vende. Y no es que no se premie el deporte o la belleza, pero hay otras cosas que también son importantes y deberían tomarse en cuenta.
Pero está bien, puedo vivir con que la inteligencia no se premie, con que los logros académicos no se reconozcan. Al fin y al cabo, no hay mejor premio a la inteligencia que la satisfacción propia de haber aprendido algo. Lo que molesta es que sea lo últimó en a lista de prioridades y que, hasta cierto punto, se penalice. Hay dinero para fiestas y recibimientos, para anuncios y politiquería, pero no hay ni un centavo para mejorar la educación del país. ¿Cuántos planteles escolares se están “cayendo en cantos”? ¿Cuántos estudiantes están sin maestros? ¿Cuántos problemas salen a la luz cada agosto cuando comienzan las clases en el sistema público de enseñanza? ¿Cuántos estudiantes fracasan en las pruebas de aprovechamiento académico? La respuesta para las cuatro (4) preguntas es la misma: ¡Un montón! Lamentablemente, la educación superior está en las mismas o peor. La primera institución docente de nuestro país, la UPR, tenía a 10 de sus 11 recintos en probatoria por la ineptitud. Entonces, ¿cuál es el mensaje que estamos llevando?
Como egresada del sistema público de enseñanza y de la UPR, me siento frustrada, decepcionada e impotente ante tanta basura y mediocridad. Nos conformamos con tan poco. Como muy bien dijo un amigo hace un tiempo atrás: “El conformismo es el principio de la mediocridad.” Y lo peor es que estamos siendo conformistas con la educación que, al final del día, es la única que nos puede sacar del hoyo en el que estamos. La educación tiene que ser lo primero en la lista de prioridades si queremos que de verdad Puerto Rico lo haga mejor.





me encanto tu blog, muy cierto por demas.
Por: Migdalia Carrion el 26 junio 2011
a las 12:40 am
Tremendo “post” ! Muy lamentable que no se reconozca a jovenes que nos representan en el area academica…
Por: Laura el 12 julio 2011
a las 4:42 pm