Entre el día de ayer y hoy, El Nuevo Día ha publicado varias encuestas relacionadas al futuro político de Puerto Rico. Los resultados más sobresalientes son los de los candidatos a la gobernación y el “status”. Los encuestados favorecieron al candidato por el Partido Popular Democrático (PPD), Alejandro García Padilla, sobre el incumbente por el Partido Nuevo Progresista (PNP), Luis G. Fortuño. Por otro lado, la estadidad, defendida históricamente por el PNP, fue favorecida sobre el “status” actual, el Estado Libre Asociado (ELA), defendido históricamente por el PPD. Irónico, ¿no?
Felicito al pueblo de Puerto Rico, no por las opciones que hayan prevalecido sobre otras en la encuesta, sino porque al menos ya se están dando cuenta de que hay que separar el tema del “status” (y yo diría que todos los temas apremiantes en el país) de la política partidista. Fue un error, desde un principio, crear los partidos basándose en ese tema. ¿Por qué basar nuestro presente, nuestros problemas, nuestras dificultades como pueblo en términos de educación, criminalidad, salud, entre otros tantos, en un tema que no se ha resuelto en casi 60 años (o 113…o 518 dependiendo del marco de referencia) y que tiene un futuro incierto? ¿Vamos a tener que seguir posponiendo soluciones reales a nuestros problemas del día a día porque no nos podemos poner de acuerdo en el tema del “status”? Eso no es justo para Puerto Rico.
La falta de una buena educación, la criminalidad rampante, la falta de eficiencia en el sistema de salud no se van a resolver de la noche a la mañana porque un papel diga que somos estado, ELA o independientes. ¿Que quizás resolviendo ese tema las cosas mejoran? Claro, ¿por qué no? Pero como todo en la vida, no hay garantías, y debemos estar preparados para enfrentar nuestros obstáculos sea cual sea nuestro futuro político con EEUU. Debemos tener un plan, un “proyecto de país” (frase trillada y sobreutilizada por muchos políticos en su demagogia, pero pocas veces puesta en práctica) que no esté limitado por un papel con un “status”. Que lo único que lo limite sea la voluntad del pueblo en su afán de tener una mejor calidad de vida para ésta y todas las generaciones por venir.
No pretendo, con este escrito, establecer preferencia de una opción sobre otra, sólo quiero poner en perspectiva nuestra realidad. Aunque debemos atender el tema del “status” y resolverlo de una vez y por todas, no debemos desviarnos de los problemas que deberían ser nuestra prioridad y que ponen en juego el bienestar del pueblo.




